BAJO EL KIPOT DE LA HISTORIA YACE UN GRAN AMIGO…

Lo encontré sin haberlo buscado en el frío de las sombras que muestra el brumoso arrabal de un vertedero. Me pregunté quién puede ser capaz de arrojar a un ser tan desvalido, a los pocos días de haber nacido, al macilento y sarnoso montón de basura que es el asqueroso residuo de una sociedad fría y cruel que mata con frivolidad extrema a algo tan indefenso, tan débil, tan bello, tan pequeño, y tan maltratado.

Porque antes de arrojarlo a la muerte le partieron una pata, casi le arrancan una oreja y lo torturaron introduciendo ramas secas que le llegaron al tímpano… Ojitos enfermos le dejaron y lo curamos, y le fuimos quitando de encima todos los bichos, que como los cuervos y los buitres, solo veían en su pobre cuerpo vencido, carroña o comida….

Debo decir que vivió no como uno más de la familia sino como una estrella de la zoología a la que colmamos de mimos, carantoñas y caricias. El pobre animal solo tenía miradas de amor y agradecimiento para con todos nosotros. Pero conmigo, se comunicaba con gestos como si yo supiera que carajo puede querer un perrillo loco con sus monerías.

Cuando se acercaba y me clavaba la mirada durante unos minutos, pegaba un salto, se acurrucaba en mi regazo y solicitaba caricias y voces de afecto. Casi al final de sus días, ya no podía saltar, pero seguía viniendo, decía que lo cogiera en brazos y pedía con ternura su ración de afecto.

Pues aquí estoy ahora… me ha llamado desde el fondo de la tierra y todavía oigo su grito de alegría, romanza en forma de ladrido resfriado. La afonía de la ansiedad celebrando mi llegada como una flor marchita . Mi puto perro era capaz de decir “pero ¿dónde has estado sin mí tanto tiempo, ingrato?”

Todo con gestos, torpes movimientos de su cojera, miradas inmortales y buscando el contacto con mi cuerpo. Pálido gesto acompañado del inconfundible perfume a yerba del campo que podía respirarse al notar su aliento. Ese era mi perro.

Pues aquí estoy, más sordo que nunca, miro hacia lo alto y veo la cumbre envuelta en la bruma y puedo escuchar perfectamente su aullido de lobo abandonado, cada vez que me olía desde lejos; diez minutos antes de que llegara a la puerta de la casa.

Aullido de amor, torpe y ronco ladrido, como solo un perro de categoría puede hacerlo, como un lobo, esperando mis extraños discursos para perros, en varios idiomas, y su ración diaria de caricias.

Solo con poner la mano en la tierra, siento su pecho lleno de vida, lo siento latir, es la taquicardia del saludo y la sistólica emoción de la alegría.

Parece que el árbol ha crecido un poco más y ha soltado sus caducas e indecentes hojas sobre su lecho. Que no vuelva a ocurrir… Esto no es una fosa común. Es la tumba de mi pobre perro.

Sí… todo parece que está en su sitio desde el día del adiós. Han ocurrido algunos desastres y las más grandes decepciones desde que se fue. Pero nada comparado con su despedida. Ahora sé que mi perro fue lo más importante entre tanto desengaño. Quién lo diría de un perro…

El cielo plomizo es como una kipá. El viejo yarmulke de los antepasados, aunque el abuelo fusilado en Córdoba llevaba su kipot. Es el destino, Panchito, toda la historia del mundo es lo mismo. No somos más importantes que nadie ni que nada…

Ahora mi corazón ya no sufre. Sé quién me aprecia y quién me odia. Mi perro me lo enseñó… Desde esta tierra lluviosa que es su reino, puedo mirar el horizonte más lejano mientras me respaldan sus mil reverencias.

Aquí se respira paz y desde aquí maldigo a los que me piden guerra. Esto es como el Alamillo, o el cuartel de Abba Kovner en los bellos escondrijos de la naturaleza; el sitio adecuado para preparar las defensas y salir armado y listo para la pelea. No he vuelto a oír a los pájaros desde que se fue mi entrañable amigo y he perdido a las hermanas Beagle por desatenderlas entre tantos problemas.

Me han hecho sentirme solo. Eso es muy grave y los culpables siempre lo pagan. No me cabe la menor duda.

Siempre he tenido presente, durante toda mi vida y en todo momento, que Dios está por encima de todos los hombres, de todas las mujeres y de todas las cosas.

Quién me iba a decir que mi perro borraría para siempre de mi rostro la sonrisa amarga de los vencidos. Desde aquí arriba se ve mucho más lejos y más campo abierto para la lucha.

 

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Alfonso M. Becker © copyright (Todos los derechos reservados)

 

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