El sexo y la guerra para confundirlo todo

La tragedia y todo lo peor está por venir…

Washington maneja como nadie el monopolio de las apariencias y Rusia no tiene más remedio que seguirle el juego” Alfonso M. Becker

Un buen lector de la historia de los humanos que pululan por estos mundos de Dios debe saber que para diferenciar y disociar el feo aspecto de una guerra de extermino de la necesidad indiscutible de matar terroristas mahometanos, hace falta un pensador especializado en geopolítica que despliegue entre las masas aturdidas un inmenso abanico de interrogaciones que haga más digestivo el terrible golpe del destino singular que aguarda a los terroristas mahometanos.

A estos desarrolladores políticos de espectáculos globales durante “una guerra que no parece guerra”, se le suelen llamar magos… A la formulación y al despliegue de medios teatrales de entretenimiento que completen la bruma necesaria para ocultar la cercanía del apocalipsis se le llama objeto sexual de mera contemplación; la especialización de imágenes inagotables que el mago tiene en su chistera…

Allá por el siglo XIX, en los albores de un imperio norteamericano que ya se rumiaba en los discursos de los Founding Fathers of the United States, los filósofos más aburridos del planeta anduvieron tambaleantes durante algún tiempo y ciertamente proclives a enfangarse en el der wille zur macht que los situaba con ímpetu arrollador al borde del terreno de lo bello, el punto que permitía alargar la mirada altiva a los guerreros de Washington…

Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, James Madison, George Washington, John Adams y Thomas Jefferson, partícipes de una revolución de leyenda en el continente americano, desplegaron altura de miras y fundaron lo que usted, amigo lector, conoce como la patria estadounidense. Curiosamente estos caballeros eran, además de buenos combatientes, gente muy culta. Debo añadir que el amor por el conocimiento no estaba reñido con el deleite poético en los prostíbulos de moda y mucho menos podía criticarse que en el terreno privado un probi homine disfrutara de una hermosa prostituta como beneficio exclusivo en su domicilio particular.

¡Faltaría más! En nombre de la grande y poderosa democracia que se avecinaba… Sin embargo, hablamos de una época en la que algunos de estos prohombres eran propietarios de esclavos y entre estos desgraciados seres humanos, condenados al trabajo forzado por un mendrugo de pan, había hermosísimas mujeres como la mulata Sally Hemings que tuvo seis hijos con Thomas Jefferson. Pero lo que trasciende no es este tipo de amor de características “imposibles” en aquella época de grandes injusticias, racismo y crímenes en todo el planeta.

Ni las guerras en Europa, ni las de América, ni siquiera la Revolución Francesa, pudieron ocultar que el sexo forma parte de la vida y su máxima expresión se despliega en los centros de poder… Los clérigos asesinos que predican el odio islámico desde sus mezquitas, también hablan de un sexo esclavo de “mujeres que valen la mitad que un hombre” y de paraísos ilusorios donde la cópula con cien vírgenes es el premio gordo

para los yihadistas que maten cristianos y judíos.

Pero el rayo de luz en la colina que adivinaban los grandes pensadores americanos era una ciudad, de sexo exquisito, “allí arriba” cuya singularísima sorpresa no fue otra que asomarse al amor propio; esa cosa tan personal que nos señala el camino, ese amor puro a la vida, esa verdadera luz que alumbra nuestro horizonte, el faro que nos guía cuando casi todos los años de tu vida te han caído encima de repente; la crueldad implacable del tiempo que pinta el paisaje de canas, la inquietante etapa de la existencia en la que la carga es demasiado pesada, ese instante en el que te miras al espejo y no te reconoces. Pero la sexualidad sigue ahí… No se vayan.

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Alfonso M. Becker © copyright (Todos los derechos reservados)

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